jueves, octubre 17, 2013

Cómo ser una persona tartamuda que no tartamudea




El 22 de Octubre es el día Internacional del conocimiento de la Tartamudez. Han sido varios los post que he publicado relacionados con este tema,("Día internacional del conocimiento de la tartamudez", "Pasa la voz" ,"Dont be afraid to stuttering").Cercana esta fecha os dejo la traducción al castellano realizada por  mi amiga y filóloga inglesa  Amelia Falcó Tortosa de On Becoming a Non-Stammering Stammerer by David Mitchell . Como algunos recordaréis  David Mitchell es autor entre otros libros; Del Atlas de las Nubes , Escritos fantasma y  El Bosque del Cisne Negro (Black Swan Green). El documento  que ha traducido Amelia pertenece a la web que se creo específicamente para el Bosque del Cisne Negro , libro que tiene como protagonista a  un niño de 13 años que tartamudea.( David Mitchell también es  una persona que tartamudea) y sobre el que publiqué un post  en el año 2008 . En el documento traducido, David nos acerca y  narra las vivencias de  una persona  que tartamudea.
Quiero resaltar las gracias por el trabajo y la excelente traducción que ha hecho Amelia para que la podamos disfrutar.Mil gracias Amelia.

Cómo ser una persona tartamuda que no tartamudea

Por David Mitchell(traducido por Amelia Falcó Tortosa)

Imagina que cuando vas a pronunciar una palabra que empieza, por ejemplo, por la "n" , tu boca se paraliza de repente. La palabra no quiere formarse. La oración se detiene a mitad de camino. Tus oyentes, confundidos, fruncen el ceño: te estás saltando la regla que rige la longitud de las pausas dentro de las oraciones. Doblas, luego triplicas, después cuadruplicas tus esfuerzos por decir la palabra, pero lo único que formas es un ruido atragantado tipo «n-n-n». Tu cabeza se recalienta, como si se estuviera pisando el acelerador a fondo en parado. Los globos oculares se hinchan. La cara se desencaja, como la de un epiléptico. Los petardos de mortificación irrumpen y dan vueltas por el cráneo mientras tus oyentes empiezan a pillar la idea. A uno se le nota en la cara que está fingiendo que no ocurre nada raro. Otro está pasando vergüenza, aunque comparado contigo, no conoce el significado de esa palabra. Otra persona mira hacia otro lado… ¿para que no se le vea la sonrisa? Al final, uno da el golpe de gracia y dice la impronunciable palabra por ti, convencido de que te ha hecho un gran favor. Ahora imagina que esto no te ocurre solo una vez cada dos o tres meses, o incluso cada dos o tres semanas: te va a pasar dos o tres veces en cada frase. Por último, figúrate que ya no estás en compañía de los lectores liberales del Observer: imagina que has vuelto al patio del colegio.

Creo que tenía siete u ocho años cuando me di cuenta de que algo iba mal en mi forma de hablar. Recuerdo una tarde de verano asfixiante, puede que fuera durante la sequía de 1976. La profesora hizo una pregunta cuya respuesta –era improbable que respondiéramos dada nuestra edad, pero la señorita Hyde tenía demasiadas expectativas– era «Napoleón». Levanté la mano, dispuesto a impresionarla, pero lo que pasó después ya se ha descrito arriba. Obviamente fue humillante –se oían las risitas de un par de chicas–, pero, sobre todo, cuando la misma enfermedad misteriosa empezó a atacarme una y otra vez, fue terrorífico. ¿Qué demonios me estaba pasando? ¿Cómo se llamaba eso? ¿Por qué era la única persona del planeta que sufría este mal? También me acuerdo de haber ido con un garaje de varias plantas de Fisher-Price a una consulta en Southport porque hasta los tres o cuatro años no empecé a hablar, pero estas experiencias fueron mucho menos trascendentales, más agradables. ¿Cuáles eran las reglas que regulaban cómo venía y se iba? ¿Por qué solo las palabras que empezaban por "n" ? Pronto cumpliría nueve años: ¿qué iba a hacer cuando me preguntaran la edad?

Mi logopeda era la Sra. Lester, quien tenía la apariencia y naturaleza amable de una bruja buena. Esas visitas me daban mucha vergüenza y mentía a mis compañeros cuando querían saber por qué cada dos martes salía antes del colegio. La señora Lester me hacía hablar al compás del metrónomo, leer libros ilustrados y llevar un diario muy básico de cuándo tartamudeaba y cómo me sentía. Estos métodos me funcionaron a corto plazo, pero a largo plazo, no tanto. Cuando estaba con ella, apenas tartamudeaba, y después de unas pocas sesiones, le aseguró a mi madre con toda tranquilidad que no había que preocuparse, que probablemente se iría cuando creciera. Sin duda, todos encontramos consuelo en este diagnóstico tan optimista. (Supongo que la logopedia como rama de la psiquiatría estaba todavía en la adolescencia a finales de los setenta. Para variar, me agradaría que este artículo provocase la recepción de cartas de logopedas o de sus pacientes, donde expresaran su mosqueo e indicaran que los tratamientos han recorrido un largo camino desde entonces.) Sin embargo, fuera del compás de influencia bondadosa de la señora Lester, el tartamudeo volvía. Finalmente, llegué a la conclusión de que no era como mi alergia al polen, que se podía curar con un antihistamínico. Pedir que me llevaran a la consulta de nuevo habría consolidado mi imagen de niño con un problema a ojos del resto. Malas noticias en una etapa de la vida en que la aceptación social y, por ende, la supervivencia, reside en ser normal. Así pues, aparte de unas cuantas sesiones más con la logopeda cuando tenía trece años –cuando se empezó a repetir el mismo patrón de cura y recaída– iba a tener que lidiar con eso yo solo.

Los niños compensan la falta de léxico con símiles o metáforas. Empecé a ver la tartamudez como una especie de oscuro homúnculo –un Gollum formado por antimateria– que vivía en la base de mi lengua. Los dos estábamos enfrascados en una guerra sin fin, como la OTAN y el Pacto de Varsovia. El homúnculo actuaba de forma impredecible. Me dejaba hablar sin problemas hasta que bajaba la guardia, entonces atacaba. Podía destacar las palabras causantes del tartamudeo que surgen en la conversación, y desternillarse mientras mi ansiedad desencadenaba una crisis. Muestra un desconcertante desprecio por la sabiduría popular. Sería normal pensar que las situaciones estresantes lo agravan, pero este no es necesariamente el caso. En mi primera lectura en público como escritor a punto de ser publicado, en Londres, con la novelista A. S. Byatt delante –probablemente el momento de más nervios en mi etapa adulta– la tartamudez había desertado. Otras veces, estando feliz y relajado con mis amigos y mi familia, puede golpear sin previo aviso ni piedad. Nunca se sabe. Está ausente cuando canto, cuando estoy solo hablándome a mi mismo, cuando converso con otra persona que tartamudea y cuando hablo en sueños. El teléfono fue un problema durante gran parte de mi vida; el contestador, no tanto. Hablar con una persona cuya tartamudez está más marcada que la mía. Los que tienen una relación problemática con su madre o su padre –no es mi caso– me cuentan que visitar a sus padres les provoca una crisis. Yo nunca he notado una mejora o empeoramiento. De lo que sí me he dado cuenta con los años es que se reaviva en primavera y disminuye en otoño. ¿Dónde está la lógica de todo esto? ¿Cómo se suponía que iba a derrotar a mi enemigo si su comportamiento era tan inconsistente?

Cuando era pequeño, no tenía la más mínima idea. Lo único que sabía es que este defecto era una desventaja funesta en un mundo tan abiertamente despiadado como el de los niños. En una disputa, cualquier antagonista podía imitar a un tartamudo –y de hecho lo hacían tan tranquilamente–, los espectadores se reían y, por supuesto, aquel triunfaba. Afortunadamente para todos, nunca tuve suficiente fuerza para lisiar a mis enemigos, solamente tenía la imaginación para soñar que lo hacía. Mi única estrategia para minimizar los daños era algo así como evitar letras del alfabeto. Escaneas oraciones por adelantado en busca de palabras que provocan tartamudez y guías la oración de forma que no las necesites. Es igual que cuando George Perec escribió la novela A Void sin la letra  "e" , salvo por que no tienes tanto tiempo para sentarte y pensar. (Un buen amigo –tartamudo desde niño, que creció en Pakistán y que ahora es novelista– fue tan lejos, que hasta dejó de hablar totalmente durante varios años. Solo se comunicaba por medio de un boli y un bloc de notas. Menos mal que este método nunca llegó a Worcestershire.) Gracias a mi estrategia conseguí disimular a medias el defecto en el habla, pero pagué un precio. Vivía con un miedo constante a ser descubierto, expuesto, etiquetado y avergonzado. Además, la política de evitar letras «peligrosas» implica no ofrecerse voluntario para contestar en clase. Cuando un profesor me preguntaba algo directamente, normalmente me tocaba fingir que no lo sabía y aguantar su descontento. Peor aún, a veces a los estudiantes les obligan a leer en voz alta y en público. En las obras de Navidad, en la celebración del Día de Acción de Gracias… ¡era como vivir en un auténtico infierno! Durante años temí que me nombraran delegado cuando llegara al bachiller porque los Elegidos tenían que leer un pasaje de su elección en la asamblea escolar. Me hicieron delegado y, después de agonizar mucho, fui a la jefa de estudios a pedirle de rodillas que tuviera piedad (me garantizó la suspensión temporal de la ejecución sin pensárselo, y por si, tal y como espero, está leyendo esto durante su bien merecida jubilación: señora Bassett, esa fue la decisión correcta). De igual forma, cuando repartían los papeles de las obras de Shakespeare en el nivel avanzado, siempre rezaba por que me dieran los de cortesanos secundarios o mensajeros con prisas. En las temporadas malas tenía que acercarme a los profesores de inglés a escondidas para preguntarles si me podían eximir de un papel donde se hablara. Me aterrorizaba decir las palabras «porque soy tartamudo» tanto como me horrorizaba que ya lo supieran. Lo aceptaban, pero no sin un poco de «Tienes que currártelo» en su conformidad. Solo podía estar de acuerdo. Empecé a preocuparme por el trabajo. Estaba en auge la política thatcheriana de compensar la falta de empleo haciendo que las escuelas enseñaran el arte de las entrevistas de trabajo, pero ¿cómo iba a impresionar con mi genialidad a un futuro jefe si no era capaz de soltar mi nombre? ¿Y qué evitaría que no me echase una vez descubierto el engaño? ¿Iba a tener que ser monje en una orden silenciosa? ¿Granjero? ¿Farero? Currármelo era una idea maravillosa, pero en el entorno de una persona tartamuda parecía que nadie sabía decirme cómo.

En este caso, mi principal fuente de información y consuelo, la televisión, no me ayudó en absoluto. Las pocas personas tartamudas que salían en la tele eran figuras cómicas y servían únicamente para producir quemaduras de vergüenza de tercer grado. Ronnie Barker interpretaba a un tendero tartamudo llamado Arkwright en la serie Open All Hours –he visto que aún provoca risas enlatadas en la tele por satélite con su hilarante retrato de un tartamudo arisco–. Sudaba solo de saber que lo estaban haciendo, seguro de que mi endeble tapadera saltaría por los aires en el colegio. El retrato que Michael Palin hizo más recientemente en Un pez llamado Wanda era más simpático, pero los dedos de los pies aún se me retorcían de vergüenza por lo que representaba. Esta película, al igual que el retrato del dueño del teatro en Shakespeare in Love, perpetúa uno de los mitos que informan a los que no son tartamudos sobre cosas que tienen que ver conmigo. He llamado a este mito «La cura del callejón sin salida», el cual sostiene que si retienes a un tartamudo en su habitación 101 de la novela 1984 –dirigirse a un gran número de espectadores hostiles–, el problema desaparecerá por arte de magia. Nada, tonterías. Es posible que las anécdotas históricas recuerden unas cuantas de esas curas temporales, pero cuando se trata de las innumerables ocasiones en las que una persona tartamuda se colapsa bajo presión –nunca se relaja del todo–, la historia es menos fiable. Al mito que se esconde tras la reticencia de mis profesores a eximirme de hablar en público, le llamo el «Mito del poder de la voluntad». Este sostiene que una persona tartamuda es equiparable al personaje recién atado a una silla de ruedas de una típica película estadounidense de superación. Los médicos dicen que nunca volverá a andar, pero su determinación obstinada demuestra que se equivocan. Por culpa de este mito estuve cabreado durante años, pues creía que tartamudeaba porque no hacía un esfuerzo mayor por no tartamudear. Ese homúnculo se alimenta de la determinación obstinada. Como un campo de fuerza, cuanto más poder de la voluntad le lanzas, más fuerte se hace, y más seguro es que acabes farfullando y poniendo caras raras hasta convertirte en un espectáculo cómico, como Arkwright el tendero. Es más, –y ahora que lo pienso, este mito también se escondía bajo el metrónomo de mi logopeda– no puedes «reiniciar» el software de tu discurso o «practicar» hasta que el defecto en el habla desaparezca. No sé qué es el tartamudeo, pero desde luego no es un arriesgado swing de golf.

Aunque me alegra maldecir tal explotación cómica hasta quedarme sin aliento, el empeño de estos mitos es comprensible. Es, si se quiere, el trastorno que no puede decir su nombre. La gente tiene menos reparos cuando habla con un ciego sobre la ceguera o con un sordo sobre la sordera. La tartamudez conserva una pátina de vergüenza. Los extraños prefieren evitar a toda costa el mal trago de estar frente a un tartamudo. Mis propios amigos y mi familia creen que incluso mencionar el tema me causa la misma mortificación que el acto en sí de tartamudear y, hasta hace relativamente poco, tenían razón. Incluso en el repositorio de experiencia más extraordinario al cual llamamos literatura, solo he visto un magnífico ensayo de John Updike que parece muy real, y poco más. (Por cierto, siempre se puede saber si un personaje de ficción tartamudo está construido desde la propia experiencia: uno falso se traba en palabras que empiezan por cualquier letra del alfabeto, mientras que el único y verdadero solo lo hace en palabras que empiezan por dos o tres letras concretas.) Esto me lleva al porqué de escribir el artículo, y Black Swan Green, de hecho. El objetivo menor es dar a las personas que tartamudean una idea de cómo es vivir con un trastorno del habla. Mi objetivo prioritario es expresar lo que me habría gustado que me dijeran de pequeño sobre cómo apañármelas solo, con la esperanza de que le pueda servir a cualquiera que tenga que sobrevivir en los patios del colegio y lugares de trabajo hostiles. Dada la amplia taxonomía de la tartamudez, lo que voy a escribir no será útil para todos los que tengan un homúnculo en la lengua. No obstante, lo que sigue a continuación me ha servido en un momento u otro de mi vida, incluso ahora mismo.

Primero de todo, considera que es más fácil funcionar con el tartamudeo que con el balbuceo. ¿Cuál es la diferencia? Algunas autoridades sostienen que «balbucear» y «tartamudear» son dos palabras para lo mismo, pero yo suscribo las dos definiciones siguientes: el balbuceo es cuando se repite una y otra vez, cual ametralladora, la primera sílaba de la palabra, sin llegar a la segunda. El tartamudeo, por el contrario, es cuando ni siquiera se puede articular la primera sílaba: simplemente hay un agujero en la oración que se va haciendo más ancho. Creo que en este agujero, en este espacio, puedes encontrar el silencio, la calma que necesitas para sacar la siguiente palabra. Si tu defecto en el habla tiene la forma de balbuceo, tómate tu tiempo cuando llegues a la palabra peligrosa. Un punto de partida estable es mejor que el estrés frenético.

En segundo lugar, cuando el lenguaje es el enemigo, se tiene la tentación de hablar a la velocidad de la luz para intentar quitarse de encima el maldito problema cuanto antes. Sin embargo, la mayoría de personas no hablan como los que dan las noticias de la CNN. Tómate tu tiempo. Esas oraciones son de tu creación y si los oyentes no están dispuestos a dejar que vayas a tu ritmo, pues que les den. Este punto da lugar también a la estrategia de la Pausa Falsa. Si estás sorteando una palabra arriesgada, disimula con una pausa cuando llegues ahí. Finge que estás barajando una opción mejor para la siguiente palabra. Sobre todo, si los oyentes piensan que simplemente es tu patrón de habla habitual, no se darán cuenta de que en realidad lo que estás haciendo es esperar a que el homúnculo se retire, baje la guardia o simplemente pierda el interés. Muchas veces la palabra saldrá sola si no piensas demasiado en ello. Si no lo hace, la pausa falsa te da la oportunidad de abortar la oración, fingir que has pensado en otro modo mejor de decirlo y reformular dicha oración de forma que puedas llegar al mismo punto sin la palabra peligrosa. Quizá es una estrategia de último recurso, pero es mucho mejor que sonar como una radio a la que se le están agotando las pilas.



Al siguiente le llamaría el "Método decir de pasada". Puede que me equivoque, pero no creo que tartamudees en las vocales. Ahora mismo una de mis letras peligrosas es la "s". Si, por ejemplo, tengo que decir la palabra "sentimiento", el truco es simular que la palabra es "entimiento" (aquí ya no hay problema) y decir de pasada el sonido /s/. El impulso que da la vocal está de tu parte y la palabra sale a menudo sin que se den cuenta de que la consonante está entrecortada. Un pariente cercano de esta estrategia es lo que se podría llamar el "Método trocear". Por razones sobre las cuales me parece interesante conjeturar, siempre tengo problemas con la segunda sílaba en la palabra "embarazoso", y eso que la "b" no es una letra que me haga tartamudear en la actualidad (estas bestias negras impredecibles salen de la nada a veces). Aquí el truco es considerarla como dos palabras "em" y "barazoso", con un espacio corto entre ambas. Vale, suena un poco raro, pero un poco raro está bien.



La última estrategia que me gustaría proponer es a más largo plazo. Se trata de un hábito del cerebro, más que de una treta lingüística. El «desencadenante del tartamudeo» seguramente está ligado a nuestra percepción del oyente, por eso nunca tartamudeamos cuando estamos solos. Estoy convencido de que lo hacemos porque nos provoca ansiedad que nos vean tartamudear, básicamente. Si la tartamudez en sí misma es inmune al ataque, como mi propia experiencia sugiere, ataquemos a la ansiedad. Cultivemos una actitud de indiferencia combativa ante lo que nuestros oyentes puedan pensar si tartamudeamos. Piensa: «Está bien, necesito. No. Quiero algunos segundos extra hasta que esté preparado para decir la siguiente palabra, y si eso te supone un problema, entonces que te f*****». Está claro que esta indiferencia combativa sale más fácilmente cuando eres un escritor autónomo que está ya al final de la treintena, pero podría servirle incluso a un chaval de secundaria que estudia en un colegio conflictivo del norte de Londres, donde no tiene la libertad de elegir la gente con la que se mezcla. Eso espero. Aparte de reforzar tu frágil autoestima, cuanto más firme permaneces en tu indiferencia, más raro es que tengas que usarla. Tartamudeas menos.

Ojalá pudiera llamar a mi yo de trece años y decirle que no se puede solucionar con una varita mágica. Al principio se quedaría hecho polvo –aunque está rezando por saber la verdad– pero lo que añadiría después debería animarle: puedes acabar dominando las estrategias destacadas aquí y, al igual que los amigos burlones en un anuncio de champú anticaspa de H&S, la gente dejará de definirte como una persona que padece un problema. Muchas de las personas que leyeron las correcciones de Black Swan Green me preguntaron cómo había hecho la investigación sobre la tartamudez: intentaban hacer que me sintiera mejor conmigo mismo. Mucha gente se traba cuando habla, pero no se le califica como tartamuda. Es igual que con los temblores de tierra, que ocurren todo el tiempo pero solo se registran como terremotos cuando sobrepasan cierto umbral de intensidad. Aspira a mantener la intensidad de tu tartamudeo por debajo de ese umbral. Un famoso exfutbolista alcohólico habló una vez de la imposibilidad de «curar» el alcoholismo: en lugar de eso, aspiró a convertirse en un alcohólico abstemio. Creo que para nosotros es realista y saludable aspirar a convertirnos en tartamudos que no tartamudean.

He aquí mi gran idea: deja de intentar matar el tartamudeo. Esa metáfora sobre el homúnculo, o el perro que se porta mal, o como quiera que lo visualices, al final se convierte en un obstáculo para solucionarlo. Cambia tu percepción de la tartamudez. Deja de verlo como un enemigo al que hay que derrotar: es una parte integral del proceso que sigues cuando piensas y cuando percibes a los demás, y del proceso del lenguaje, y ningún bien puede venir de odiar una parte integral de ti mismo (en contraposición a un rasgo de la personalidad indeseable). Te informa de tu relación con el lenguaje y lo enriquece, aunque solo sea porque necesitas más estructuras y vocabulario a tu alcance. Está claro que nos metemos en nosotros mismos mientras pensamos, pero pensar antes de hablar tiene muchas ventajas. Si hubiese podido construir oraciones sin interrupción ni esfuerzo, como mis compañeros de clase a los que envidiaba en secreto, probablemente no habría tenido la necesidad de anotarlas, ni de convertirme en escritor. Igual que tienes que vivir en algún lugar, tienes que ser alguien, y mientras los defectos, limitaciones e impedimentos no alejen a tus amigos, ¿por qué no pueden ser tan válidos a la hora de determinar quién eres y cuál es tu vocación, como lo es tu talento? He pasado demasiados años luchando en una interminable batalla librada en mi propia cabeza, que no se puede ganar y que mina la autoestima, como para disculparme por el tono de «chocolate calentito para el alma» de esta conclusión. Sobre todo, intenta entender tu «defecto», cualquiera que sea la forma que adopte, y aprende de ello. Hazte su amigo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, soy Alejandro de Madrid, solicité la compra de el bosque...en la biblioteca central de Móstoles, y lo han comprado, he leído 30 páginas y promete, no me voy aburrir. Tartamudeo desde pequeño, ayer descubrí que soy concretamente tartamudo encubierto. Voy a devorar el libro. Gracias por el blog.

jose-valència dijo...

Alejandro ,me alegra un montón que el blog te pueda servir para descubrir lecturas nuevas. Si te puede servir en el plano personal para que tomes conciencia de tu realidad y que tengas una vida plena me alegra otro montón.
un gran abrazo