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domingo, octubre 23, 2016

22 de Octubre día internacional de la Tartamudez

Hace más de 2 años que no publicaba nada , hoy vuelvo a esta tribuna para reivindicar el 22 de octubre , día internacional de la Tartamudez. Un día ,no para considerarlo como festivo, ( he leído por alguna parte , feliz día )sino reivindicativo. No creo que otros colectivos se feliciten en sus días reivindicativos que tengan. No comparto tampoco cierto eslogan que circula por ahí de "dame ti ti tiempo". Lo primero , las personas que tartamudeamos  no tenemos que pedir tiempo , lo exigimos. No hay que ir con la cabeza gacha , por favor dame, que noooooo, que no hay que pedir , eso refuerza la inseguridad porque hace que dependas de otra persona.  Segundo , lo de ti , ti, tiempo, el otro día escuche a Isabel Gemio que lo decía por las ondas de Onda Cero y quedaba un poco patético. Me gustaría ver mas apoyo social  y cohesión junto con menos postureo. Por otra parte, sería deseable que  "organizaciones profesionalizadas · que defienden a las personas que tartamudean y luchan contra la discriminación laboral de las personas  que tartamudean , si tuviesen  personal laboral en su organización fuera predicando con el ejemplo , que su personal asalariado fuera personas que tartamudean . Personas como leemos muchas veces , super preparadas pero que no son  contratadas por tartamudear. Os dejo dos videos que hice con mi sudor , tiempo, y altruistamente por la causa.



jueves, octubre 17, 2013

Cómo ser una persona tartamuda que no tartamudea




El 22 de Octubre es el día Internacional del conocimiento de la Tartamudez. Han sido varios los post que he publicado relacionados con este tema,("Día internacional del conocimiento de la tartamudez", "Pasa la voz" ,"Dont be afraid to stuttering").Cercana esta fecha os dejo la traducción al castellano realizada por  mi amiga y filóloga inglesa  Amelia Falcó Tortosa de On Becoming a Non-Stammering Stammerer by David Mitchell . Como algunos recordaréis  David Mitchell es autor entre otros libros; Del Atlas de las Nubes , Escritos fantasma y  El Bosque del Cisne Negro (Black Swan Green). El documento  que ha traducido Amelia pertenece a la web que se creo específicamente para el Bosque del Cisne Negro , libro que tiene como protagonista a  un niño de 13 años que tartamudea.( David Mitchell también es  una persona que tartamudea) y sobre el que publiqué un post  en el año 2008 . En el documento traducido, David nos acerca y  narra las vivencias de  una persona  que tartamudea.
Quiero resaltar las gracias por el trabajo y la excelente traducción que ha hecho Amelia para que la podamos disfrutar.Mil gracias Amelia.

Cómo ser una persona tartamuda que no tartamudea

Por David Mitchell(traducido por Amelia Falcó Tortosa)

Imagina que cuando vas a pronunciar una palabra que empieza, por ejemplo, por la "n" , tu boca se paraliza de repente. La palabra no quiere formarse. La oración se detiene a mitad de camino. Tus oyentes, confundidos, fruncen el ceño: te estás saltando la regla que rige la longitud de las pausas dentro de las oraciones. Doblas, luego triplicas, después cuadruplicas tus esfuerzos por decir la palabra, pero lo único que formas es un ruido atragantado tipo «n-n-n». Tu cabeza se recalienta, como si se estuviera pisando el acelerador a fondo en parado. Los globos oculares se hinchan. La cara se desencaja, como la de un epiléptico. Los petardos de mortificación irrumpen y dan vueltas por el cráneo mientras tus oyentes empiezan a pillar la idea. A uno se le nota en la cara que está fingiendo que no ocurre nada raro. Otro está pasando vergüenza, aunque comparado contigo, no conoce el significado de esa palabra. Otra persona mira hacia otro lado… ¿para que no se le vea la sonrisa? Al final, uno da el golpe de gracia y dice la impronunciable palabra por ti, convencido de que te ha hecho un gran favor. Ahora imagina que esto no te ocurre solo una vez cada dos o tres meses, o incluso cada dos o tres semanas: te va a pasar dos o tres veces en cada frase. Por último, figúrate que ya no estás en compañía de los lectores liberales del Observer: imagina que has vuelto al patio del colegio.

Creo que tenía siete u ocho años cuando me di cuenta de que algo iba mal en mi forma de hablar. Recuerdo una tarde de verano asfixiante, puede que fuera durante la sequía de 1976. La profesora hizo una pregunta cuya respuesta –era improbable que respondiéramos dada nuestra edad, pero la señorita Hyde tenía demasiadas expectativas– era «Napoleón». Levanté la mano, dispuesto a impresionarla, pero lo que pasó después ya se ha descrito arriba. Obviamente fue humillante –se oían las risitas de un par de chicas–, pero, sobre todo, cuando la misma enfermedad misteriosa empezó a atacarme una y otra vez, fue terrorífico. ¿Qué demonios me estaba pasando? ¿Cómo se llamaba eso? ¿Por qué era la única persona del planeta que sufría este mal? También me acuerdo de haber ido con un garaje de varias plantas de Fisher-Price a una consulta en Southport porque hasta los tres o cuatro años no empecé a hablar, pero estas experiencias fueron mucho menos trascendentales, más agradables. ¿Cuáles eran las reglas que regulaban cómo venía y se iba? ¿Por qué solo las palabras que empezaban por "n" ? Pronto cumpliría nueve años: ¿qué iba a hacer cuando me preguntaran la edad?

Mi logopeda era la Sra. Lester, quien tenía la apariencia y naturaleza amable de una bruja buena. Esas visitas me daban mucha vergüenza y mentía a mis compañeros cuando querían saber por qué cada dos martes salía antes del colegio. La señora Lester me hacía hablar al compás del metrónomo, leer libros ilustrados y llevar un diario muy básico de cuándo tartamudeaba y cómo me sentía. Estos métodos me funcionaron a corto plazo, pero a largo plazo, no tanto. Cuando estaba con ella, apenas tartamudeaba, y después de unas pocas sesiones, le aseguró a mi madre con toda tranquilidad que no había que preocuparse, que probablemente se iría cuando creciera. Sin duda, todos encontramos consuelo en este diagnóstico tan optimista. (Supongo que la logopedia como rama de la psiquiatría estaba todavía en la adolescencia a finales de los setenta. Para variar, me agradaría que este artículo provocase la recepción de cartas de logopedas o de sus pacientes, donde expresaran su mosqueo e indicaran que los tratamientos han recorrido un largo camino desde entonces.) Sin embargo, fuera del compás de influencia bondadosa de la señora Lester, el tartamudeo volvía. Finalmente, llegué a la conclusión de que no era como mi alergia al polen, que se podía curar con un antihistamínico. Pedir que me llevaran a la consulta de nuevo habría consolidado mi imagen de niño con un problema a ojos del resto. Malas noticias en una etapa de la vida en que la aceptación social y, por ende, la supervivencia, reside en ser normal. Así pues, aparte de unas cuantas sesiones más con la logopeda cuando tenía trece años –cuando se empezó a repetir el mismo patrón de cura y recaída– iba a tener que lidiar con eso yo solo.

Los niños compensan la falta de léxico con símiles o metáforas. Empecé a ver la tartamudez como una especie de oscuro homúnculo –un Gollum formado por antimateria– que vivía en la base de mi lengua. Los dos estábamos enfrascados en una guerra sin fin, como la OTAN y el Pacto de Varsovia. El homúnculo actuaba de forma impredecible. Me dejaba hablar sin problemas hasta que bajaba la guardia, entonces atacaba. Podía destacar las palabras causantes del tartamudeo que surgen en la conversación, y desternillarse mientras mi ansiedad desencadenaba una crisis. Muestra un desconcertante desprecio por la sabiduría popular. Sería normal pensar que las situaciones estresantes lo agravan, pero este no es necesariamente el caso. En mi primera lectura en público como escritor a punto de ser publicado, en Londres, con la novelista A. S. Byatt delante –probablemente el momento de más nervios en mi etapa adulta– la tartamudez había desertado. Otras veces, estando feliz y relajado con mis amigos y mi familia, puede golpear sin previo aviso ni piedad. Nunca se sabe. Está ausente cuando canto, cuando estoy solo hablándome a mi mismo, cuando converso con otra persona que tartamudea y cuando hablo en sueños. El teléfono fue un problema durante gran parte de mi vida; el contestador, no tanto. Hablar con una persona cuya tartamudez está más marcada que la mía. Los que tienen una relación problemática con su madre o su padre –no es mi caso– me cuentan que visitar a sus padres les provoca una crisis. Yo nunca he notado una mejora o empeoramiento. De lo que sí me he dado cuenta con los años es que se reaviva en primavera y disminuye en otoño. ¿Dónde está la lógica de todo esto? ¿Cómo se suponía que iba a derrotar a mi enemigo si su comportamiento era tan inconsistente?

Cuando era pequeño, no tenía la más mínima idea. Lo único que sabía es que este defecto era una desventaja funesta en un mundo tan abiertamente despiadado como el de los niños. En una disputa, cualquier antagonista podía imitar a un tartamudo –y de hecho lo hacían tan tranquilamente–, los espectadores se reían y, por supuesto, aquel triunfaba. Afortunadamente para todos, nunca tuve suficiente fuerza para lisiar a mis enemigos, solamente tenía la imaginación para soñar que lo hacía. Mi única estrategia para minimizar los daños era algo así como evitar letras del alfabeto. Escaneas oraciones por adelantado en busca de palabras que provocan tartamudez y guías la oración de forma que no las necesites. Es igual que cuando George Perec escribió la novela A Void sin la letra  "e" , salvo por que no tienes tanto tiempo para sentarte y pensar. (Un buen amigo –tartamudo desde niño, que creció en Pakistán y que ahora es novelista– fue tan lejos, que hasta dejó de hablar totalmente durante varios años. Solo se comunicaba por medio de un boli y un bloc de notas. Menos mal que este método nunca llegó a Worcestershire.) Gracias a mi estrategia conseguí disimular a medias el defecto en el habla, pero pagué un precio. Vivía con un miedo constante a ser descubierto, expuesto, etiquetado y avergonzado. Además, la política de evitar letras «peligrosas» implica no ofrecerse voluntario para contestar en clase. Cuando un profesor me preguntaba algo directamente, normalmente me tocaba fingir que no lo sabía y aguantar su descontento. Peor aún, a veces a los estudiantes les obligan a leer en voz alta y en público. En las obras de Navidad, en la celebración del Día de Acción de Gracias… ¡era como vivir en un auténtico infierno! Durante años temí que me nombraran delegado cuando llegara al bachiller porque los Elegidos tenían que leer un pasaje de su elección en la asamblea escolar. Me hicieron delegado y, después de agonizar mucho, fui a la jefa de estudios a pedirle de rodillas que tuviera piedad (me garantizó la suspensión temporal de la ejecución sin pensárselo, y por si, tal y como espero, está leyendo esto durante su bien merecida jubilación: señora Bassett, esa fue la decisión correcta). De igual forma, cuando repartían los papeles de las obras de Shakespeare en el nivel avanzado, siempre rezaba por que me dieran los de cortesanos secundarios o mensajeros con prisas. En las temporadas malas tenía que acercarme a los profesores de inglés a escondidas para preguntarles si me podían eximir de un papel donde se hablara. Me aterrorizaba decir las palabras «porque soy tartamudo» tanto como me horrorizaba que ya lo supieran. Lo aceptaban, pero no sin un poco de «Tienes que currártelo» en su conformidad. Solo podía estar de acuerdo. Empecé a preocuparme por el trabajo. Estaba en auge la política thatcheriana de compensar la falta de empleo haciendo que las escuelas enseñaran el arte de las entrevistas de trabajo, pero ¿cómo iba a impresionar con mi genialidad a un futuro jefe si no era capaz de soltar mi nombre? ¿Y qué evitaría que no me echase una vez descubierto el engaño? ¿Iba a tener que ser monje en una orden silenciosa? ¿Granjero? ¿Farero? Currármelo era una idea maravillosa, pero en el entorno de una persona tartamuda parecía que nadie sabía decirme cómo.

En este caso, mi principal fuente de información y consuelo, la televisión, no me ayudó en absoluto. Las pocas personas tartamudas que salían en la tele eran figuras cómicas y servían únicamente para producir quemaduras de vergüenza de tercer grado. Ronnie Barker interpretaba a un tendero tartamudo llamado Arkwright en la serie Open All Hours –he visto que aún provoca risas enlatadas en la tele por satélite con su hilarante retrato de un tartamudo arisco–. Sudaba solo de saber que lo estaban haciendo, seguro de que mi endeble tapadera saltaría por los aires en el colegio. El retrato que Michael Palin hizo más recientemente en Un pez llamado Wanda era más simpático, pero los dedos de los pies aún se me retorcían de vergüenza por lo que representaba. Esta película, al igual que el retrato del dueño del teatro en Shakespeare in Love, perpetúa uno de los mitos que informan a los que no son tartamudos sobre cosas que tienen que ver conmigo. He llamado a este mito «La cura del callejón sin salida», el cual sostiene que si retienes a un tartamudo en su habitación 101 de la novela 1984 –dirigirse a un gran número de espectadores hostiles–, el problema desaparecerá por arte de magia. Nada, tonterías. Es posible que las anécdotas históricas recuerden unas cuantas de esas curas temporales, pero cuando se trata de las innumerables ocasiones en las que una persona tartamuda se colapsa bajo presión –nunca se relaja del todo–, la historia es menos fiable. Al mito que se esconde tras la reticencia de mis profesores a eximirme de hablar en público, le llamo el «Mito del poder de la voluntad». Este sostiene que una persona tartamuda es equiparable al personaje recién atado a una silla de ruedas de una típica película estadounidense de superación. Los médicos dicen que nunca volverá a andar, pero su determinación obstinada demuestra que se equivocan. Por culpa de este mito estuve cabreado durante años, pues creía que tartamudeaba porque no hacía un esfuerzo mayor por no tartamudear. Ese homúnculo se alimenta de la determinación obstinada. Como un campo de fuerza, cuanto más poder de la voluntad le lanzas, más fuerte se hace, y más seguro es que acabes farfullando y poniendo caras raras hasta convertirte en un espectáculo cómico, como Arkwright el tendero. Es más, –y ahora que lo pienso, este mito también se escondía bajo el metrónomo de mi logopeda– no puedes «reiniciar» el software de tu discurso o «practicar» hasta que el defecto en el habla desaparezca. No sé qué es el tartamudeo, pero desde luego no es un arriesgado swing de golf.

Aunque me alegra maldecir tal explotación cómica hasta quedarme sin aliento, el empeño de estos mitos es comprensible. Es, si se quiere, el trastorno que no puede decir su nombre. La gente tiene menos reparos cuando habla con un ciego sobre la ceguera o con un sordo sobre la sordera. La tartamudez conserva una pátina de vergüenza. Los extraños prefieren evitar a toda costa el mal trago de estar frente a un tartamudo. Mis propios amigos y mi familia creen que incluso mencionar el tema me causa la misma mortificación que el acto en sí de tartamudear y, hasta hace relativamente poco, tenían razón. Incluso en el repositorio de experiencia más extraordinario al cual llamamos literatura, solo he visto un magnífico ensayo de John Updike que parece muy real, y poco más. (Por cierto, siempre se puede saber si un personaje de ficción tartamudo está construido desde la propia experiencia: uno falso se traba en palabras que empiezan por cualquier letra del alfabeto, mientras que el único y verdadero solo lo hace en palabras que empiezan por dos o tres letras concretas.) Esto me lleva al porqué de escribir el artículo, y Black Swan Green, de hecho. El objetivo menor es dar a las personas que tartamudean una idea de cómo es vivir con un trastorno del habla. Mi objetivo prioritario es expresar lo que me habría gustado que me dijeran de pequeño sobre cómo apañármelas solo, con la esperanza de que le pueda servir a cualquiera que tenga que sobrevivir en los patios del colegio y lugares de trabajo hostiles. Dada la amplia taxonomía de la tartamudez, lo que voy a escribir no será útil para todos los que tengan un homúnculo en la lengua. No obstante, lo que sigue a continuación me ha servido en un momento u otro de mi vida, incluso ahora mismo.

Primero de todo, considera que es más fácil funcionar con el tartamudeo que con el balbuceo. ¿Cuál es la diferencia? Algunas autoridades sostienen que «balbucear» y «tartamudear» son dos palabras para lo mismo, pero yo suscribo las dos definiciones siguientes: el balbuceo es cuando se repite una y otra vez, cual ametralladora, la primera sílaba de la palabra, sin llegar a la segunda. El tartamudeo, por el contrario, es cuando ni siquiera se puede articular la primera sílaba: simplemente hay un agujero en la oración que se va haciendo más ancho. Creo que en este agujero, en este espacio, puedes encontrar el silencio, la calma que necesitas para sacar la siguiente palabra. Si tu defecto en el habla tiene la forma de balbuceo, tómate tu tiempo cuando llegues a la palabra peligrosa. Un punto de partida estable es mejor que el estrés frenético.

En segundo lugar, cuando el lenguaje es el enemigo, se tiene la tentación de hablar a la velocidad de la luz para intentar quitarse de encima el maldito problema cuanto antes. Sin embargo, la mayoría de personas no hablan como los que dan las noticias de la CNN. Tómate tu tiempo. Esas oraciones son de tu creación y si los oyentes no están dispuestos a dejar que vayas a tu ritmo, pues que les den. Este punto da lugar también a la estrategia de la Pausa Falsa. Si estás sorteando una palabra arriesgada, disimula con una pausa cuando llegues ahí. Finge que estás barajando una opción mejor para la siguiente palabra. Sobre todo, si los oyentes piensan que simplemente es tu patrón de habla habitual, no se darán cuenta de que en realidad lo que estás haciendo es esperar a que el homúnculo se retire, baje la guardia o simplemente pierda el interés. Muchas veces la palabra saldrá sola si no piensas demasiado en ello. Si no lo hace, la pausa falsa te da la oportunidad de abortar la oración, fingir que has pensado en otro modo mejor de decirlo y reformular dicha oración de forma que puedas llegar al mismo punto sin la palabra peligrosa. Quizá es una estrategia de último recurso, pero es mucho mejor que sonar como una radio a la que se le están agotando las pilas.



Al siguiente le llamaría el "Método decir de pasada". Puede que me equivoque, pero no creo que tartamudees en las vocales. Ahora mismo una de mis letras peligrosas es la "s". Si, por ejemplo, tengo que decir la palabra "sentimiento", el truco es simular que la palabra es "entimiento" (aquí ya no hay problema) y decir de pasada el sonido /s/. El impulso que da la vocal está de tu parte y la palabra sale a menudo sin que se den cuenta de que la consonante está entrecortada. Un pariente cercano de esta estrategia es lo que se podría llamar el "Método trocear". Por razones sobre las cuales me parece interesante conjeturar, siempre tengo problemas con la segunda sílaba en la palabra "embarazoso", y eso que la "b" no es una letra que me haga tartamudear en la actualidad (estas bestias negras impredecibles salen de la nada a veces). Aquí el truco es considerarla como dos palabras "em" y "barazoso", con un espacio corto entre ambas. Vale, suena un poco raro, pero un poco raro está bien.



La última estrategia que me gustaría proponer es a más largo plazo. Se trata de un hábito del cerebro, más que de una treta lingüística. El «desencadenante del tartamudeo» seguramente está ligado a nuestra percepción del oyente, por eso nunca tartamudeamos cuando estamos solos. Estoy convencido de que lo hacemos porque nos provoca ansiedad que nos vean tartamudear, básicamente. Si la tartamudez en sí misma es inmune al ataque, como mi propia experiencia sugiere, ataquemos a la ansiedad. Cultivemos una actitud de indiferencia combativa ante lo que nuestros oyentes puedan pensar si tartamudeamos. Piensa: «Está bien, necesito. No. Quiero algunos segundos extra hasta que esté preparado para decir la siguiente palabra, y si eso te supone un problema, entonces que te f*****». Está claro que esta indiferencia combativa sale más fácilmente cuando eres un escritor autónomo que está ya al final de la treintena, pero podría servirle incluso a un chaval de secundaria que estudia en un colegio conflictivo del norte de Londres, donde no tiene la libertad de elegir la gente con la que se mezcla. Eso espero. Aparte de reforzar tu frágil autoestima, cuanto más firme permaneces en tu indiferencia, más raro es que tengas que usarla. Tartamudeas menos.

Ojalá pudiera llamar a mi yo de trece años y decirle que no se puede solucionar con una varita mágica. Al principio se quedaría hecho polvo –aunque está rezando por saber la verdad– pero lo que añadiría después debería animarle: puedes acabar dominando las estrategias destacadas aquí y, al igual que los amigos burlones en un anuncio de champú anticaspa de H&S, la gente dejará de definirte como una persona que padece un problema. Muchas de las personas que leyeron las correcciones de Black Swan Green me preguntaron cómo había hecho la investigación sobre la tartamudez: intentaban hacer que me sintiera mejor conmigo mismo. Mucha gente se traba cuando habla, pero no se le califica como tartamuda. Es igual que con los temblores de tierra, que ocurren todo el tiempo pero solo se registran como terremotos cuando sobrepasan cierto umbral de intensidad. Aspira a mantener la intensidad de tu tartamudeo por debajo de ese umbral. Un famoso exfutbolista alcohólico habló una vez de la imposibilidad de «curar» el alcoholismo: en lugar de eso, aspiró a convertirse en un alcohólico abstemio. Creo que para nosotros es realista y saludable aspirar a convertirnos en tartamudos que no tartamudean.

He aquí mi gran idea: deja de intentar matar el tartamudeo. Esa metáfora sobre el homúnculo, o el perro que se porta mal, o como quiera que lo visualices, al final se convierte en un obstáculo para solucionarlo. Cambia tu percepción de la tartamudez. Deja de verlo como un enemigo al que hay que derrotar: es una parte integral del proceso que sigues cuando piensas y cuando percibes a los demás, y del proceso del lenguaje, y ningún bien puede venir de odiar una parte integral de ti mismo (en contraposición a un rasgo de la personalidad indeseable). Te informa de tu relación con el lenguaje y lo enriquece, aunque solo sea porque necesitas más estructuras y vocabulario a tu alcance. Está claro que nos metemos en nosotros mismos mientras pensamos, pero pensar antes de hablar tiene muchas ventajas. Si hubiese podido construir oraciones sin interrupción ni esfuerzo, como mis compañeros de clase a los que envidiaba en secreto, probablemente no habría tenido la necesidad de anotarlas, ni de convertirme en escritor. Igual que tienes que vivir en algún lugar, tienes que ser alguien, y mientras los defectos, limitaciones e impedimentos no alejen a tus amigos, ¿por qué no pueden ser tan válidos a la hora de determinar quién eres y cuál es tu vocación, como lo es tu talento? He pasado demasiados años luchando en una interminable batalla librada en mi propia cabeza, que no se puede ganar y que mina la autoestima, como para disculparme por el tono de «chocolate calentito para el alma» de esta conclusión. Sobre todo, intenta entender tu «defecto», cualquiera que sea la forma que adopte, y aprende de ello. Hazte su amigo.

domingo, octubre 16, 2011

Auto-ayuda

 Peter Kropotkin defendía que el impulso de los logros humanos y el progreso ético se basan en el apoyo mutuo, no en la lucha mutua, la cooperación y la ayuda mutua son los mecanismos básicos que capacitan a la sociedad humana para su supervivencia y desarrollo.
El grupo de autoayuda proporciona  la oportunidad de conversar con alguien que entiende la aflicción, frustración y la soledad que puede llegar a originar la tartamudez. Puede resultar vital para algunas personas pasar esta fase de comunicación y compartir una experiencia angustiante para llegar a adaptarse a ella, antes de ser capaces de dedicar el esfuerzo personal necesario para enfrentarse en soledad a su problema de habla.(si es esa su opción personal)
A partir de las primeras conversaciones en el grupo, los participantes descubren lo que siempre pensaron, pero no confirmaron antes del ingreso en el grupo: que la tartamudez era algo más que un patrón de habla. Las personas que tartamudean magnifican  sus experiencias antes de conocer a otros compañeros.
No todas las personas que tartamudean aceptan su condición: abandonan el grupo  con cualquier excusa,    por anhelar de no vivir en función de la propia afectación  , por no ser identificados sobre la base de ésta o  de querer  rodearse de relaciones que representen lo contrario a la tartamudez. Estos participantes buscan fluidez o técnicas eficaces para ganar fluidez en los grupos de autoayuda, sin interesarles las bondades del grupo, como por ejemplo, la reconstrucción de la identidad tartamuda .Muy a  menudo, los novatos esperan encontrar en el grupo la varita mágica de la fluidez. Cuando se dan cuenta de que no hay solución al problema después de un periodo breve de encuentros en el grupo, se marchan. Apostillamos que no hay que olvidar que el secreto de la supervivencia reside en la cooperación y en la ayuda mutua, esa es la esencia del grupo de autoayuda. Las personas tartamudas  han interiorizado la respuesta social de desaprobación o repulsa a la tartamudez, despreciando la condición o identidad tartamuda de sí mismos. Los tres sentimientos que surcan la realidad subjetiva de la persona que tartamudea, vergüenza, culpa y miedo, le arrojan involuntariamente a una vida periférica, aislada y clandestina, evidenciando un conflicto relacional con los fluidos. La persona tartamuda odia su tartamudez porque se siente culpable, avergonzada y miedosa de las consecuencias sociales de su habla. Aborreciendo y odiando su tartamudez, ¿qué podría buscar en un grupo de personas tartamudas?. El grupo de autoayuda de personas tartamudas ¿no se convertirá en  un espejo que devuelva una imagen aumentativa  de vergüenza, miedo y culpa?.
El estereotipo social indigno asociado a la persona tartamuda contribuye aún más al rechazo a su identidad negada u ocultada. Las personas tartamudas  que no acuden al grupo, rechazan, silencian u ocultan su segunda identidad, la identidad impuesta o identidad para otros. Acudir a un grupo de autoayuda supone reconocer en el grupo la condición tartamuda, la identidad para otros, en detrimento de la fluida, la identidad para sí. El ingreso en un grupo requiere ser capaz de mirar a los ojos a la identidad que más avergüenza. La inflación de la identidad para sí, la identidad fluida, impide el reconocimiento de la identidad para otros; la ansiada búsqueda de la fluidez impide la presencia o continuación de la mayoría de los tartamudos en los grupos de autoayuda. La identidad social ofrece al participante la oportunidad de pertenecer a un grupo social, colchón afectivo siempre disponible para épocas más turbulentas y críticas. Las personas tartamudas ausentes ignoran las bondades del sentimiento de pertenencia grupal, interpretando su problema únicamente desde el punto de vista fluido, distanciándose de sí mismo; desconociendo otras posibilidades de cercanía o aproximación a sí mismo. Reconocerse como persona que tartamudea en el grupo requiere casi siempre esfuerzo , coraje  y a veces ayuda de los compañeros más veteranos. Reconocerse como persona tartamuda en el grupo es un momento decisivo del reconocimiento de la identidad tartamuda, que no todos los participantes alcanzan, abandonando el grupo antes de tan crítico momento. El miedo, la huida, la inhibición y el encierro dentro de sí mismo impiden la actitud abierta que requiere el ingreso en un grupo.
El grupo de autoayuda potencia la autonomía del sujeto para dirigir su vida, sin que suponga costes económicos para la comunidad ni para los integrantes del grupo, siendo una alternativa viable al modelo asistencial tradicional promoviendo  la solidaridad para conseguir auténticos contextos de desarrollo personal y comunitario. Acudir a consulta clínica no implica reconocerse como persona tartamuda  sino como enfermo, asunto bien distinto. No supone admitir una nueva identidad, con las consecuencias que ello implica, sino todo lo contrario: refuerza la identidad fluida, aunque manchada de extraños y patógenos elementos, susceptibles de extinción o extracción. Aceptarse como persona que  tartamudea  implica admitir una característica propia, inmanente al sujeto, de imposible extracción o extinción. Sin embargo, estar enfermo o afectado de una patología lingüística es un suceso externo, accidental, como quien se contagia de un virus.
La asistencia al grupo de autoayuda reporta un feedback de normalidad a la tartamudez e introduce comprensión al fenómeno de tartamudear, principales beneficios terapéuticos de la interacción grupal. Gracias a la respuesta del grupo, la persona tartamuda descubre que las consecuencias sociales de la tartamudez dependen del contexto y no de la tartamudez en sí misma, desdramatizándolas. Las consecuencias sociales del habla tartamuda hacen que la persona que  tartamudea  se sienta culpable y se avergüence de sí mismo y de su tartamudez. Mediante la liberación o descarga de emociones o sentimientos, el individuo se hace dueño de sí mismo, logrando cicatrizar heridas abiertas y reconciliándose con el mundo. Las conversaciones catárticas dentro del grupo contribuyen decisivamente a que el individuo acepte, al menos parcialmente, pensamientos y sentimientos indeseables, asociadas a su tartamudez. La eficacia del grupo de autoayuda reside en la aceptación identitaria de la tartamudez y en la reducción de pensamientos y sentimientos dolorosos; procesos que reducen el conflicto con el exterior. Pensamientos y sentimientos que hasta antes de participar en el grupo, permanecían enquistados en las profundidades de la estructura mental del afectado, sacudiendo y paralizando su vida social
Conocer a otras personas que tartamudean reconforta porque supone normalidad: las experiencias únicas desaparecen. La tartamudez, inseparable durante tantos años, se hace humana, visible e incluso domesticable.
Exigir no sufrir o tener que sentirse bien para poder vivir no se ajusta a lo que la vida realmente ofrece, en tanto que el malestar psicológico es parte consustancial de la vida, y acogerse a la búsqueda de la evitación del sufrimiento como el único objetivo en la vida es una elección restrictiva que puede resultar destructiva. El sufrimiento es un ingrediente más de la existencia y su evitación constante es contraproducente. Salvo excepciones, debemos saber  aceptar y domesticar  la parte de sufrimiento que la vida significa.
Los sentimientos de vergüenza, culpabilidad y miedo están muy presentes es el participante novato. El grupo facilita que el participante sea consciente de su capacidad de control y reducción de la aparición de estos pensamientos, gracias a la normalidad y comprensión que los miembros del grupo aportan. A medida que la persona tartamuda aumenta sus posibilidades de control, mejora lo que piensa de sí mismo, accediendo al caudal interno de energía; caudal inductor del control y reducción de futuros pensamientos corrosivos y así sucesivamente.
            Experimentar vergüenza repetidamente invita al encierro dentro de sí mismo. evitando el encuentro social. La literatura al uso denomina este fenómeno evitación característica esencial de la vida social de las personas que tartamudean . El estado afectivo de la vergüenza motiva una respuesta de huida, probablemente porque proporciona un sentido de la exposición dolorosa a una audiencia real o imaginada. El ingreso en el grupo supone un cambio actitudinal en todos los ámbitos de la vida del sujeto, sucediendo a una edad en la que la autonomía moral se consolida, dejando atrás épocas más dependientes del juicio externo y, por tanto, de la vergüenza. Los compañeros de grupo aportan la fuerza necesaria para imponerse a este sentimiento tan destructor:
Aunque puntualmente sienta vergüenza, la persona tartamuda  ya no se encierra en sí mismo: tolera sentimientos adversos que no tienen la intensidad de antaño. La vergüenza hiere en soledad. Compartir este sentimiento es un ejercicio de comunicación y comprensión social, evitando males mayores, siempre presentes. Cuanto mayor es la apertura y comunicación social, más se reduce la vergüenza.
 Todas las personas que tartamudeamos   conocemos o hemos oído  hablar de alguien que se curó o que lo superó; hecho que alimenta el sueño de la fluidez. La duda carcome. ¿Por qué no puedo ser uno de los curados? ¿Será que no he hecho todo lo posible por curarme? ¿o será por no conocer la terapia más eficaz?. La incesante búsqueda de terapias salvadoras es una de las consecuencias más evidentes y visibles de la culpa.
El ingreso en el grupo desculpabiliza: conocer a otros tartamudos que no se han curado alivia el sufrimiento de la culpa. En términos coloquiales, ingresar en el grupo supone quitarse un peso de encima, reducir la pesadumbre, amortiguar la culpabilidad. La participación en el grupo reduce el conflicto de la persona que tartamudea con el exterior, reduciendo la intensidad de sentimientos que en ocasiones lo  expulsan  a una vida social indeseada.
A consecuencia del miedo y del miedo al miedo, la persona tartamuda desarrolla estrategias inmediatas y eficaces de evitación, que puntualmente le apartan del sufrimiento y del miedo, pero que pronto se convierten en un modus vivendi.. La persona tartamuda  pasa de evitaciones puntuales a un modo de vida caracterizado por la evitación del contacto social; impulsado por el miedo a zozobrar en la vida social.
La llave más importante para aprender a hacer esto es la actitud abierta: sacando más la parte sumergida del iceberg, siendo tu mismo, no luchar contra cada bloqueo, mirar a los ojos de tu interlocutor con calma, nunca abandonar intentos de hablar cuando has empezado, nunca evitar palabras o escabullirte de las situaciones, tomando la iniciativa del habla aunque tartamudees mucho. Todo esto es fundamental para cualquier recuperación de la tartamudez. el miedo es el sentimiento más visible de las personas tartamudas, constituyendo una de las características más frecuentes del estereotipo del fluido: se percibe al tartamudo como miedoso o con miedo a hablar.
Al margen del debate teórico acerca de la relevancia del miedo como factor causante, condicionante o determinante de la tartamudez, la mayoría de las personas tartamudas  tienen miedo a hablar, dadas las consecuencias sociales que su habla despierta. Se utiliza indistintamente miedo a hablar o miedo a la tartamudez, porque el miedo de las personas tartamudas  siempre es a hablar en público, conditio sine qua non para que el patrón de habla sea tartamudo. Efectivamente el miedo social de las personas tartamudas  se diferencia de los fluidos, pero no de los fluidos tímidos o muy tímidos.
              El grupo de autoayuda facilita hablar o tartamudear más tranquilamente, La participación en el grupo posibilita evitar evitar. Aceptar la tartamudez es como aceptar otra circunstancia tuya; requiriendo paciencia y disciplina porque la aceptación de la tartamudez dura toda la vida. Las consecuencias sociales tan nefastas de la tartamudez, la herida de la diferencia, se han interiorizado profundamente, enraizándose en el carácter de la persona tartamuda. El miedo está dentro, dificultando su aceptación.
La mayoría del texto es un resumen que he  extraído con fines didacticos no comerciales de una parte de la tesis doctoral de Cristobal Loriente "La Tartamudez como fenómeno sociocultural: una alternativa al proceso biomédico".

La imagen que dejo es una imagen repetida sobre el 22 de Octubre , día Intenacional de la divulgación de la Tartamudez. Os dejo un post antiguo donde leer un poco sobre el tema.

domingo, noviembre 02, 2008

Después y antes del 22


Para que la ignorancia vaya perdiendo peso , abramos puertas .En España se han movilizado un montón de personas para conseguir que ello sea posible. Os trascribo algunas de las actuaciones hechas en España con motivo del Día Internacional del Conocimiento de la tartamudez.
En Valencia , Paco, presidente de la Asociación De la Tartamudez en la Comunidad Valenciana (Astacova)entrevista en Pr.noticias
En Andalucía, Isidoro, entrevista en Canal Sur Rádio.
En Galicia , Joaquín, entrevista en Punto Radio- ,Radio Galicia y Televisión de Galicia.
En Extremadura, Javier, entrevista en Onda Oliva fronteriza.
En las Islas Baleares , Juanma, entrevista en televisión Local de Palma
Adolfo Sanchez ,presidente de la fundación Española de la Tartamudez
Diario Metro , Mundo Deportivo , El Periódico de Catalunya , Entrevista Expansión , La Razón Digital , PR Notícias , La Malla.cat - - Notícia Televisiones Locales ,- -Entrevista Com. Radio
Nuestro amigo Félix ,entrevista en Radio Nacional y en relación a la Entrevista ha escrito 2 post súper interesantes en su blog . Uno antes de la entrevista Desensibilización Radio y el otro después Desensibilización II.
Les vendría muy bien un poco de perdida de esta ignorancia a los guionistas de la serie lalola , tema que ha tenido un fuerte eco por la denuncia del Cermi a raíz del anuncio del presidente de Astacova , diario Levante y el mundo.es. Los videos que recogían estos minutos de oro de la serie y estaban colgados en youtube , fueron rápidamente retirados unos días después de la protesta.¿Por qué? Se puede leer en los enlaces. "Este vídeo se ha suprimido debido a una infracción de los términos de uso."En concreto son los capítulos 61 y 62 de la producción en España. Para finalizar podeís leer el artículo entero de ¿la corrección política se ha vuelto loca? Donde entre otros hablan de este tema:
“”Para el productor ejecutivo de Zebra, "los colectivos son cada vez más reivindicativos, tienen más poder social y saben que van a tener una amplia repercusión mediática".
Examinemos la crítica de Cermi a Lalola, emitida en horario infantil. El productor Ejecutivo de Zebra, la empresa que la produce en España, confiesa su "sorpresa". Cuenta que el personaje tartamudo, que encarna a una nueva jefa, es "alguien con poder, y los empleados hacen chistes, es todo". Cuando adaptan un guión, explica, "tenemos muy en cuenta la corrección política, en el sentido de no herir a nadie. Evitamos temas religiosos o políticos y nunca se van a positivizar conductas antisociales. Esta franja horaria está reglamentada y lo último que nos interesa es alejar a ningún espectador"”.
¿Reírse de una persona por hablar de forma diferente no es ser antisocial?¿Reìrse de una forma superlativa es normal?¿eso no es fomentar el estigma de tartamudez igual a risa? Eso , eso es todo , es todo, me recuerda mucho al comentario final que hacía un personaje de dibujos animados ¿coincidencia?

domingo, octubre 19, 2008

Don't be afraid to stuttering


Sabes Qué Se Conmemora
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El 22 de Octubre es el día Mundial de la Difusión del Conocimiento de la tartamudez. Para este año, el lema es: NO LE TENGA MIEDO A LA TARTAMUDEZ (Don´t be afraid of stuttering). Rosa me ha enviado desde Uruguay un Power Point Titulado ¿Sabes qué se conmemora?para aportar su granito de arena a la difusión del conocimiento de la tartamudez.La presentación tiene dibujos hechos por niños uruguayos. En años anteriores he hablado del 22 de Octubre .Lo podéis leer en Pasa la voz y Día Internacional.

jueves, octubre 18, 2007

Pasa la Voz



Llamarme pesado , pero insisto en el 22 de Octubre Día Internacional del Conocimiento de la Tartamudez, es la llamada para empezar una nueva vida dejando miedos, evitaciones , rodeos, etc.. sino se ha empezado y para proseguirla si se ha emprendido. Que nada ni nadie corte nuestras expectativas en la vida, nada ni nadie va a poder con nosotros/as . El camino es duro y pedregoso, tampoco tenemos que ser los primeros en llegar, lo importante es llegar cada uno/a a su ritmo, no desperdiciemos nuestro momento en este planeta, lo que dejemos de hacer hoy nos arrepentiremos mañana. Vamos a vivir , demostremos a la tartamudez que no puede ni podrá con nosotros/as. Adelante

sábado, octubre 06, 2007

Día Internacional

El año pasado escribí 3 pots sobre el día 22 de Octubre Día Internacional del Conocimiento de la Tartamudez , un buen día como otro cualquiera por si nunca habéis hablado de tartamudez con vuestra familia , amigos , etc.., empecéis a hacerlo , un buen día para sí ya habéis dado ese paso continuar hablando sobre ello, un buen día para seguir luchando para que los de hoy tengamos una sociedad mejor , un buen día para que los que vengan por detrás nuestro se encuentren una sociedad más receptiva y concienciada , solo desde el sufrimiento que cada un@ lleva vivido por su tartamudez , sabe la importancia de que la sociedad vaya entendiendo y aceptando que la tartamudez es tardar un poco más de tiempo en hablar ,cuando la tartamudez sea vista de esta forma estaremos en camino de la extinción de la tartamudez,¿ será una utopía? ¿soñamos?
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